La Orden

LA ORDEN DE LOS HOMBRES MALDITOS

El Reconocimiento

Durante años, cree que solo le falta corregir una cosa.

Un poco más de disciplina. Mejor criterio. Dinero suficiente para respirar. Estudia sus fracasos y hace ajustes. Algunos funcionan. Se vuelve más capaz, más cuidadoso, más difícil de sorprender.

Su vida sigue siendo difícil de sostener.

Le dicen que tiene potencial. Llevan veinte años diciéndoselo.

Ha empezado a aborrecer la palabra.

Potencial es lo que los demás ven cuando admiran lo que puede hacer y no logran explicarse dónde ha acabado. Lo ven resolver un problema, escuchan una idea, ven algo que ha hecho. Su sorpresa le resulta conocida. Por un instante, se ve a través de sus ojos, y la distancia entre ese hombre y sus circunstancias se vuelve casi insoportable.

También lo siente en el amor.

Hay personas a las que todavía recuerda con ternura y vergüenza. Sabe cuándo fue descuidado, cuándo tuvo miedo, cuándo pidió demasiado o no supo decir lo que importaba. Ha pasado largas noches examinando esos momentos. A veces cree que por fin lo ha comprendido.

Entonces se encuentra entre los restos de otra cosa que quería conservar.

Puede explicar muchas de sus pérdidas por separado. En conjunto, empiezan a inquietarlo de otra manera.

Recuerda cuánto lo ha intentado.

El trabajo hecho después del trabajo que le daba de comer. Las cosas aprendidas en habitaciones donde nadie lo miraba. Las mañanas en que reunió fuerzas y volvió a empezar, llevando consigo lecciones que había pagado muy caras.

A estas alturas, piensa, algo de todo eso debería haber echado raíces.

La idea llega en silencio.

Quizá soy un hombre maldito.

Casi se ríe de sí mismo.

Sin embargo, la palabra permanece. Recoge algo que sus explicaciones siempre han dejado fuera: la extraña experiencia de poseer lo que debería bastar y llegar una y otra vez al límite de sí mismo mientras algo esencial sigue faltando.

Sabe que la palabra no puede decirle por qué. Sus errores siguen siendo sus errores. Mañana aún habrá decisiones que tomar.

Pero se permite decirla una vez, sin convertirla en una broma.

Maldito.

Entonces piensa en un hombre que conoce. Alguien cuyos dones son evidentes, cuya vida apenas tiene sentido vista desde fuera. Recuerda una conversación que tuvieron y el cuidado con que ambos evitaron hablar con franqueza.

Se pregunta si el otro hombre habrá encontrado la misma palabra.